Tú no debías de ver nada. Yo te veo a ti y tu indecible sufrimiento.
Tú ignorabas por qué algo te atenazaba sin piedad el pecho, lo que debió de sumirte en el más profundo terror. Yo, sin embargo, mientras veo esos ojos que, aun ciegos, tanto sufrimiento y terror reflejan, no siento sino una devastadora desolación por saber positivamente que durante varios días estuvo en mi mano salvarte.
Tú, finalmente, moriste. Yo, siempre, me repongo, y sobrevivo. Pero es justo: si hay algo que merezco, es sobrevivir.
No respondo con esta muerte a la tuya, pues llego tarde otra vez: sólo me resta introducir el cadáver en su ataúd.
P.D.: Gracias a todos aquellos que, con verdadero interés, estuvieron ahí en algún momento, de una forma u otra. Y más que a ningún otro, a Perh.
Entrevistador: Usted nunca ha dudado en considerar intransigentes las ideologías. ¿Lo son todas por igual? ¿Qué opina de los nacionalismos?
Juan Marsé: Los nacionalismos –incluido el español y en primer lugar– puede que expresen una ideología política, pero en realidad son un enigma sandunguero, una manía identitaria, un romanticismo badulaque, un sarpullido folclórico, un rebuzno en estadios de fútbol, una carroña sentimental que ni los cuervos más famélicos se comerían y primo hermano del patriotismo. ¡Pero hay que ver cuán apreciada es esta bazofia en los pesebres del pueblo!
Explorador de la imaginación ajena, cualquiera que sea la forma que ésta adopte. Su rendido admirador, no obstante, cuando se manifiesta en negro y discurre sobre blanco: palabras, figuras, evocación... Fascinantes.
La palabra, en suma, es mi baluarte, mi alivio, mi venerado desafío, mi amante solícita.