Tú no debías de ver nada. Yo te veo a ti y tu indecible sufrimiento.
Tú ignorabas por qué algo te atenazaba sin piedad el pecho, lo que debió de sumirte en el más profundo terror. Yo, sin embargo, mientras veo esos ojos que, aun ciegos, tanto sufrimiento y terror reflejan, no siento sino una devastadora desolación por saber positivamente que durante varios días estuvo en mi mano salvarte.
Tú, finalmente, moriste. Yo, siempre, me repongo, y sobrevivo. Pero es justo: si hay algo que merezco, es sobrevivir.
No respondo con esta muerte a la tuya, pues llego tarde otra vez: sólo me resta introducir el cadáver en su ataúd.
P.D.: Gracias a todos aquellos que, con verdadero interés, estuvieron ahí en algún momento, de una forma u otra. Y más que a ningún otro, a Perh.
Viendo que su habitación estaba todavía por arreglar, ambos convinieron en otorgar al servicio algo más de tiempo emprendiendo un pequeño paseo por los alrededores del hotel. Caminaban despacio, pues no hacía ni cinco minutos que habían terminado de comer, y así, por la sinuosa carretera, descendieron hasta el pie de la presa. Una vez llegados allí, decidieron comenzar la ruta número tres, la única que les quedaba por realizar, llamada ‘de la piscifactoría’.
Iba ella pertrechada de un bolso mediano de tela que contenía, entre otras cosas, una cámara de fotos y un paraguas. Él no veía necesario este último objeto, pues, aunque había cesado hacía poco de llover, el cielo se mostraba extenso sobre ellos, compitiendo reñidamente el brillo de su azul con el amarillo fulgor del sol, que prácticamente se elevaba sobre la vertical. Las nubes los rodeaban como si formaran una especie de inmenso hula-hop flotante, enmarcando aquella majestad azulada, y se hallaban bastante lejanas como para pensar que, durante las próximas horas, alguna pudiera llegar a situarse sobre sus cabezas. Antojándosele inofensivo su periplo y seguro de que éste sería breve, las gafas de sol graduadas le parecieron suficiente equipaje.
Al margen derecho se elevaban los caprichosos relieves de una montaña; al izquierdo se intercalaban en la planicie, bello escaparate de variada flora, pequeños bosques cuyos árboles, de tupidas copas, se disponían perfectamente alineados muy juntos entre sí; todo ello era separado del camino por el estrecho cauce de una acequia. Habían andado un buen trecho desde la última parcela arbolada cuando, por el mismo margen, vieron algo cuyas connotaciones irónicas produjeron en ambos cierta hilaridad: una pequeña y destartalada casa que solo conservaba las cuatro paredes, que antaño sustentaran el tejado del cual ahora carecía, y que tenía escrito en una de esas paredes un graffiti que rezaba:
SE SIRVEN BEBIDAS FRÍAS
El recorrido fue al cabo a juntarse con la vera de un río y de ésta tardaría en separarse, pues paralelamente serpenteaban casi en todo momento; bien podía decirse que componían dos caminos: uno hecho de tierra y gravilla, de agua el otro. La aridez y monotonía del primero contrastaban con el verdor y la agitación del segundo. Las aguas colmaban su cauce, en cuyos márgenes brotaba la vida, ahíta de nutrientes, desatada; sin mesura se sucedían arbustos, árboles, flores, insectos, y así mismo se adivinaba, por los ruidos que en ocasiones podían percibirse, la presencia de otros seres ocultos al socaire de tan vasto vergel.
Los caminantes, confiados a causa de las muchas horas de que disponían, no dudaban en interrumpir el ritmo moroso que habían decidido adoptar para contemplar los preciosos cuadros con que aquel rincón de la naturaleza les obsequiaba, los cuales inmortalizaban con la cámara, o bien para admirar el elegante vuelo de alguna garza, que, mientras graznaba, esquivaba con agilidad el objetivo fotográfico.
Habían pasado ya unas dos horas y lo que se suponía era el destino de la ruta, la piscifactoría, seguía sin aparecer. Además, las nubes que tan lejanas parecían al principio estaban ya bastante cerca, y oscurecían en algunos momentos el ambiente cuando tapaban el sol; algunos nubarrones oscuros coronaban la cima de una montaña próxima. Ante estas circunstancias, a todas luces menos favorables que cuando comenzaron la caminata, aceleraron un poco la marcha.
La atención empezó a depositarse en el camino y prácticamente le fue retirada a los alrededores; no obstante, lograron apercibirse de que por fin iban a dejar atrás la piscifactoría. Debido a las continuas curvas que iba dando el trazado de la ruta, confiaban en que ésta hubiera sido concebida para llegar hasta la piscifactoría y, desde ahí, seguir la marcha hacia delante hasta volver al punto de partida. Por añadidura, las marcas que cada tanto señalaban cuál era la dirección correcta no contradecían sus suposiciones, puesto que seguían apareciendo.
El terreno que ahora pisaban era más empinado, y su superficie menos regular, salpicada de piedras grandes y a veces quebrada por profundas hendiduras. Subían y subían, y el río ya no los acompañaba durante el trayecto; muy de vez en cuando surgía discurriendo varios metros más abajo. Llegaron, tras este largo ascenso, a lo que parecía ser el punto más alto del recorrido. Las nubes y algunos nubarrones cubrían por entero el cielo; amenazaba lluvia claramente. La superficie del terreno, de pronto, apenas permitía distinguir si lo que pisaban era un camino antes transitado o la simple continuación del suelo, pues sólo sutiles rodadas sobre la tierra removida indicaban el paso de algún vehículo. Como agorero presagio del inminente devenir de los acontecimientos, se unieron al ya oscurecido ambiente y el leve viento que soplaba las primeras gotas de lluvia. El joven lamentó su doble error: ¡cuánto le estorbaban las gafas de sol, y qué bien le vendría ahora el paraguas!
Las marcas a las que en todo momento habían prestado atención no aparecían por ningún lado: ni en troncos de árbol ni en rocas. Atravesando la orilla de un campo de cultivo, surcada por aquellas vagas rodadas, pasaron al lado de una pequeña roulotte. A escasos metros del campo se encontraron con que las rápidas aguas del río ponían fin al camino: debían dar media vuelta. Alcanzada de nuevo la zona en que el camino era más definido, advirtieron que existía una dirección alternativa. De acuerdo con una nueva señal, que encontraron tras haber recorrido algunos metros, aquélla era la correcta.
Siempre siguiendo los puntos marcados por las señales, ora subiendo, ora bajando, la pareja recorría un tramo de terreno cada vez más escabroso que, finalmente, dio a parar a la propia ladera de una montaña. Las señales iban ahora apareciendo en troncos de árboles -rara vez lo hacían en algún saliente rocoso-, los cuales desafiaban bien erguidos la pronunciada inclinación. Aquella mole de tierra y rocas resguardaba a la pareja del viento, no así de la lluvia pertinaz, y además acentuaba la cada vez más opresiva penumbra, pues la escasa luz del sol que las densas nubes dejaban escapar apenas alcanzaba aquel recóndito lugar. Por largos minutos continuaron atravesando este abrupto camino, apartando a su paso ramas y matorrales que en ocasiones les arañaban la piel, vulnerable en los varios sitios donde nada la cubría; bien ocurría ello por ceder a lo ineluctable o enmarañado del follaje, bien porque todo esfuerzo y atención, más allá del próximo pedazo de terreno que habían de pisar a cada paso, eran concentrados en la búsqueda de alguna nueva señal.
Aun con dificultad, seguían encontrando marcas, pero éstas indicaban un recorrido que parecía no tener fin; acaso cabía esperar que éste se hallase tras rodear toda la ladera de la montaña. Se vislumbraba, pues, un trayecto que, más por estar plagado de obstáculos que por su longitud, podría llevarles más de una hora recorrer. Debían decidir entre seguir, y así averiguar si era el hotel lo que los esperaba al otro lado de la montaña, o retroceder de nuevo para deshacer un camino que les había supuesto andar durante unas tres horas. La primera opción era todo incertidumbre; escogiendo la segunda, asimismo, corrían el riesgo de que la noche los alcanzara, condenándolos a resguardarse de aquella inmisericorde lluvia donde pudieran, hasta que despuntara el alba. La seguridad de saber que ya conocían el camino, por muy largo que fuera, les hizo decantarse por abandonar aquel escarpado lugar. Y debían hacerlo cuanto antes. La esperanza de retornar al confortable punto de partida, no obstante la creciente oscuridad, el viento y la lluvia, resultaba para los protagonistas un inestimable acicate para retomar con bríos renovados el camino que los había llevado hasta allí.
A él poco cuerpo le quedaba que no hubiera sido alcanzado por el agua, y hacía tiempo que se había visto obligado a secar las lentes de las gafas, con escaso éxito; sin embargo, serían necesarios problemas mucho más graves para arredrarle y hacerle cejar en su incipiente empeño. El cuerpo de ella, si bien algo más seco gracias al paraguas, no había podido escapar por entero de la intensa lluvia, muestra de lo cual era el tejido que cubría sus pantorrillas y el comienzo de los muslos, más oscurecido que el resto; por lo demás, y aun cargada con el bolso de tela, era tal su determinación que sólo habría encontrado reto digno en la escalada de la más alta montaña. Emprendieron el descenso de la ladera, que no les llevó más de cinco minutos; en cuanto hubieron enfilado el sendero, adoptaron automáticamente y a la par un ritmo animoso.
Tomarían como referencia los puntos más diferenciados del camino para, en cierto modo, procurarse tranquilidad, pero, sobretodo, para que sus ánimos recibieran el apremio oportuno. El primero se hallaba en la piscifactoría, de la cual se habían distanciado considerablemente. Mientras caminaban rumbo hacia allí, en alguno de los pocos instantes en que desviaban la vista del suelo, observaban las marcas que habían ido siguiendo: se percataron de que una única franja horizontal de color rojo se situaba justo debajo de la otra, blanca y, al igual que en esta indicación, presente en todas y cada una de las demás a fin de añadirles visibilidad. Tras muchos minutos, pasaron al lado de la piscifactoría y la dejaron rápidamente atrás; restaban horas para llegar a su destino, si bien estimaban que, dada la velocidad a la que andaban y que ni en sueños se les ocurriría detenerse o aun reducir la marcha para hacer fotos, podrían tardar la mitad del tiempo que emplearon durante la ida. En una de aquellas miradas furtivas comprobaron, al ver otra marca, cuán fundadas eran sus sospechas: bajo la franja blanca ya no se hallaba la roja, sino otra amarilla.
El camino volvió a discurrir paralelo al río, mero rumor en sus cabezas junto al fantasma que, como impávida argamasa de piedras, hierbajos, ramas y árboles se deslizaba fugaz por su izquierda. Aparte sólo oían sus propios pasos, rápidos y acompasados, y ocasionalmente el graznido de alguna indiferente garza. La joven concentraba su firme determinación en el horizonte, sin hablar apenas; él intentaba quitar hierro a la situación mediante algún que otro chascarrillo, y se le oía incluso silbar, entrecortadamente, una canción de Coldplay. Preguntó a la chica cuál era el próximo punto de referencia:
-La caseta esa de ‘bebidas frías’, y aún quedará mucho camino por andar desde allí.
-¡Una cervecica, camarero! –replicó el joven con los restos de júbilo que conservaba; ella a su vez respondió con una leve sonrisa.
El joven había dudado en alguna ocasión entre quitarse o dejarse las gafas, cuyas lentes estaban ya empapadas y le restaban por ello aún más visibilidad. Hasta el momento, no obstante, se había decantado por la oscura nitidez que a duras penas le proporcionaban, en detrimento de una claridad que, dada su miopía, se vería sobrepujada por el inconveniente de una visión harto borrosa. Hasta el momento: la noche se anunciaba ya con más bien poco disimulo, pero él con las gafas estaba recibiendo una visita anticipada, de modo que finalmente hubo de ceder y llevarlas en la mano. Se propuso entonces limitar su campo de visión al pequeño semicírculo en que cabían la chica, el metro que los separaba y los difusos márgenes del camino. Se tornó ella ayuda imprescindible, a partir de ese momento, para no acabar precipitándose por alguna de las orillas del camino y para sortear piedras y charcos, algunos de los cuales habían devenido ya bastante caudalosos. La camiseta que vestía, de súbito, parecía más hecha de agua que de algodón y se le adhirió pesadamente al torso; el frío que esto le hacía sentir superaba al calor que producía su cuerpo, en especial sobre el pecho, y hubo de seguir el camino con la pechera de la camiseta agarrada con la mano libre para separarla de la piel.
El río había dejado de oírse hacía bastante tiempo, lo cual hizo pensar a la pareja –a decir verdad, más con ciega esperanza que con lógica-, que tal vez pronto verían el primero de aquellos bosques erizados de árboles apiñados, y, por tanto, que el fin del pequeño viaje no se hallaba muy lejos. Retiraron por unos instantes la vista del camino, buscando tan grata señal, cuando la joven vislumbró a lo lejos -tanto como permitían las circunstancias- lo que parecía ser un achaparrado rectángulo amarronado:
-¡Ahí delante está la casa del graffiti!
-¡¿Qué?! –exclamó con desesperación el joven- ¡¡Madre mía, estamos lejísimos aún!!
Como si más que de palabras se hubiera tratado del terrible rugido de una bestia -ignota pero presumiblemente enorme- que a punto estuviera de alcanzarlos, echaron a correr. No duró mucho la carrera, pero el ritmo de la marcha se vio redoblado respecto al que habían llevado hasta entonces; había firmes motivos para quemar toda brizna de energía de que dispusieran: la lluvia no amainaba ni por un segundo y los objetos de alrededor casi se habían convertido en sombras. Las ganas de broma se esfumaron en él completamente.
Transcurrieron varios minutos hasta que, en efecto, pasaron al lado del primer bosquecillo. Antes de llegar al hotel tenían aún que llegar al pie de la presa, y para eso, en cualquier caso, debían cubrir cientos de metros. Él seguía confiando en la aguda vista de la chica y apenas se desviaba de la invisible estela que ella dejaba tras de sí; no obstante, podía oírse de vez en cuando el chapoteo de sus pies en los charcos, de lo cual no parecía ya librarse ni tan siquiera ella, pues la visibilidad era prácticamente nula:
-Los ojos humanos pueden acostumbrarse a la falta de luz, pero no a su completa ausencia. Esperemos no tener que desear haber nacido gatos –advirtió la joven.
Por primera vez desde que comenzara a llover, el camino les recompensó con un motivo para sentir algo de alivio: al lado derecho comenzó a titilar un punto de luz, inequívoca señal de que la presa estaba cerca. A este punto, progresivamente, fueron sumándose algunos más. El conjunto luminiscente alumbraba el tramo de camino hasta el pie de la presa, el cual enfilaron justo en el momento en que la noche se cerraba. El reflejo de las luces sobre el suelo y los charcos que lo tachonaban les permitía continuar; penosamente pero sin detenerse. Se hallaban ya ante el pie de la presa, lugar en que una encrucijada conducía, a su derecha, hacia el comienzo de otra ruta, y a su izquierda, hacia la carretera serpenteante que llegaba hasta el ansiado cobijo. Con pies más titubeantes por momentos, emprendieron el ascenso de ésta precedidos por sus sombras, que se proyectaban sobre el brillante asfalto. Tras haber tomado las dos primeras curvas, vieron que el resto del camino se adentraba en una “completa ausencia de luz”, de modo que la chica propuso continuar por unos escalones de muy irregular disposición, situados directamente en el trozo de ladera que restaba por subir. No hallándose en ventajosa posición para discutir las decisiones de su compañera –lo que, aun así, no le impidió refunfuñar durante un instante-, el joven la siguió como buenamente pudo.
Arribaron por fin al complejo del hotel, suficientemente iluminado. Recurriendo a un último impulso caminaron a buen ritmo a través de un pequeño tramo de carretera y recorrieron, ya con visible esfuerzo, la última sucesión de escalones hasta su habitación.
La joven, si bien empapada, dolorida y fatigada a causa de la ardua caminata, en ocasiones mejor llamada escalada, no se mostraba en absoluto dispuesta a rendirse, por mucho que siguiera lloviendo, y desperdiciar la cena que ambos tenían pagada. Él, sin embargo, de no ser por esta contagiosa vivacidad, con gusto habría tomado al asalto la cama y esperado allí el principio del día, si no su mitad: al agua que lo cubría por completo, el dolor y la lasitud se sumaban unos escalofríos causados muy probablemente por fiebre; ésta, al parecer, no hizo aparición sino hasta el momento en que acometían el ascenso de la última escalera –y él bien que agradecía la demora-.
Mientras ella, solícita, se ocupaba tendiendo allí donde podía las ropas de ambos, él, siempre con pesada parsimonia y rostro contraído, cogió de encima de la mesa el mapa facilitado por el hotel –que, pensó al verlo allí seco, tibio, tan tranquilo, mejor habría hecho su personal tatuándoselo a los dos-, y, en cuanto sus ojos hubieron localizado la ruta que acababan de realizar, no pudo por menos de quedar boquiabierto:
Divisé el perfil del rostro de una chica desde la distancia que mediaba entre los dos extremos de una manzana, durante el medio segundo que transcurrió desde que lo tuve justo enfrente hasta que desapareció tras la esquina que momentos después habría de doblar yo; tales lejanía y fugacidad, amén del hecho de que mi miopía rebasó hace tiempo la graduación de las gafas que porto, propiciaron que mi natural prudencia sólo me permitiera aventurarme a creer, vagamente, en la remota posibilidad de que esa chica fueras tú.
Había girado ya en la citada esquina, con las escasas esperanzas también mencionadas revoloteando en la cabeza, casi olvidadas ya incluso, cuando, yendo yo sin más intención que la de curiosear acerca de cuánto podía esa persona parecerse a ti, pude ver que iba ella acompañada por un caballero que frisaba la senectud, lucía monda y brillante la cabeza, vestía elegante traje –quizá marrón- y –creo recordar- asía maletín a juego; y escuchaba. Componían ambos una pareja peculiar, todo contrastes: ella era joven, y bastante lejano se antojaba el momento en que dejaría de serlo; su melena, rubia salpicada de mechones oscuros, era frondosa y su largo pasaba la mitad de la espalda; el tiempo ha borrado de mi memoria los colores exactos de su atuendo, no así la certeza de que eran vivos y tanto o más diversos como las piezas de que aquél se componía; colgaba de un hombro y le cruzaba el torso el cinto de un sencillo bolso de tela, que se bamboleaba al compás de sus caderas en el lado contrario a aquél desde el que se inició esta breve descripción; y hablaba, con la locuacidad que evidenciaban los incesantes movimientos de su mentón, visibles cada vez que dirigiendo el rostro hacia su interlocutor me mostraba aquel perfil, y con una vehemencia que, como electricidad que le recorriera brazos y cuello, se manifestaba en briosos ademanes. Sin duda alguna, eras tú.
Mentiría si dijese que, una vez hube hecho tal descubrimiento, apreté el paso: ¿trastornaría vuestra conversación -según parecía no era poco importante- que cualquier tercero la interrumpiera? Al margen de este barrunto, me retuvo saber que resultaría difícil alcanzaros, dado el presuroso ritmo que manteníais, así como el hecho, previsible también debido a tal celeridad, de que no tardaríais en rebasar el no muy lejano punto desde el cual partía un paso de peatones, que, previa aquiescencia del correspondiente semáforo, me permitiría atravesar la avenida por cuyo margen en ese instante transitábamos los tres: debía en tal opuesta orilla cumplir con cierta obligación, cuyo inminente comienzo hube de añadir, como inconveniente capital, a la lista de motivos que irían a condenar al abandono la alternativa de seguiros. A la postre, no pude más que observar cómo os alejabais dejando atrás mi lugar de trabajo –aún por entonces, por cierto, desconocías que por frecuentarlo me pagaran-, sin que apenas notara yo variaciones en el cuadro que antes describí –por lo cual no pude evitar sonreírme-, mientras esperaba a recibir el luminoso permiso para reanudar la marcha. De esta forma, después de haber sido por unos minutos el mismo, nuestros caminos recobraron entre sí la perpendicularidad –aunque alambicada, interesante metáfora-.
Alguien quizá juzgue todas las razones aducidas un tanto vagas, o las tache de pretextos. Tal vez no se trate, en definitiva, sino de uno de los muchos casos prácticos que demuestran la gran verdad que se encierra en cierta teoría -exponerla dará también protagonismo a quien he visto usarla con frecuencia, pues, al igual que tú en las palabras anteriores, ella se reconocerá en éstas-: lo Urgente suele no dejar tiempo a lo Importante. Pequeña Saltamontes: La pertinacia con que algunos nos resistimos a alterar siquiera en parte nuestros planes, nuestra rutina, nuestras costumbres, ronda en ocasiones los dominios del absurdo, y aun en otras los invade bien de lleno.
Aviso nº 1: Casi todos los artículos aquí publicados responden fielmente a la pequeña descripción que figura como subtítulo de este blog –algo que el lector debe siempre tener presente-. No obstante, hago hincapié en que en el siguiente desvarío se han dramatizado arbitrariamente los hechos reales en que se basa.
Sólo os miro a los ojos –y cuán luminosa puede ser vuestra sonrisa…-, pero ¿pensáis acaso que quiero miraros las tetas?; cuando os dignáis sostener durante unos segundos la mirada –raro es eso-, en ésta no parece reflejarse repulsión (con alivio la descarto), ni suele atisbarse en ella timidez (eliminada también), más bien al contrario, cierta altivez quizá causada por el hastío que sentís ante la escrutadora rijosidad masculina; y, claro, desdeñando raudas mi mirada nunca podréis conocer mis intenciones, alejadas de ésas que, de tan frecuentes e indisimuladas, han propiciado que sea yo metido en el mismo saco… -¡vaya! En estos momentos, el artilugio de (siete) lacerantes flagelos que estoy sosteniendo más parece el mocho mojado de una vieja fregona; es obvio que he errado al fijar mi primer objetivo- (…) ¡Valientes chimpancés salidos estáis hechos, orates estúpidos! (…) Ser guapa, ¿otorga el derecho a esperar de todo varón el comienzo de un diálogo? Barruntemos: cómo te vas a rebajar hasta el punto de regalar dicho comienzo -una vale más que eso, merece todo ímprobo esfuerzo por ser entretenida, y que el otro reciba réplica de la belleza personificada puede ser estimado por sí solo un premio preciosísimo-, ni vas a arriesgarte a ser mal interpretada... Que se muera de asco quien se halle contigo antes que romper el áspero silencio con esas delicadas cuerdas vocales que, en justa y debida correspondencia a tu beldad, han sido cinceladas por los ángeles.
¿Qué tan horrendo he dicho, que de pronto mostráis indiferencia, o guardáis tenso silencio, o viráis al tomar vuestro turno hacia temas asaz divergentes al que yo he planteado? Pues nada diré; en cualquier caso, bien poco puedo interponer en esos banales coloquios con que durante largos ratos os solazáis. O bien ocurre que me correspondéis con esa melosa afabilidad que suelen dispensar los adultos a un crío, junto con esa sonrisa tan típica de quien espera en cualquier momento oír alguna ocurrencia que de puro cándida le haga desternillarse. ¡¿Os resulta pueril cuanto digo, o mi forma de hablar, de mirar, de estar, el tema sobre el que pretendo charlar, maldita sea?!
Estáis sentados todo el rato, apenas movéis los dedos durante horas, y ¿necesitáis situar el indicador de temperatura del aire acondicionado a 22 grados centígrados? Acaso sólo conseguirá disuadiros de hacerlo el que un día me internen en el hospital para allí morir sin remedio, entre violentos espasmos y esputando repugnantes espumarajos. A ver, un minuto… De acuerdo, estoy siendo tremendista; sólo esperáis el momento en que con cada espiración exhaléis una nubecilla de vaho; entonces, lo apagáis; el resto es de sentido común: no hay más que sentir la amenaza del sudor para volver a encender el aparato. Un sistema de climatización brillante a la par que sencillo. Lamento no haber recurrido antes al porro que con fruición acabo de fumarme.
¿Es ésa una expresión de estolidez, de adustez, de preventiva desconfianza? ¿O una mezcla de todas ellas? Vuestra incultura es palmaria y no parece que penséis en ello como un problema que necesite solución; quizá sufráis contratiempos sin fin, pero más bien creo que os los infligís unos a otros: comenzaron los enfrentamientos de forma aislada hace mucho tiempo y poco a poco se fueron propagando hasta sembrar esa ponzoñosa inquina entre la población; estáis todos a la defensiva, parapetados tras una infranqueable barrera de recelo; nadie peor que yo para conseguir derribarla.
¿Compites en una carrera?, ¿quieres batir tu propio récord?, ¿forzar la subida del precio de la gasolina por aumento de la demanda? No pararás sino en seco, cuando te obligue una farola, idiota (ése sería el final menos malo, pues no barajo que te replantees si obras o no con mínima cordura) (...) Te crees el puto centro del mundo, que sólo tú habitas en la Tierra, ¡en el universo! Ya te lo sugerí en otra ocasión, ahora te lo espetaré sin sutilezas: métete tu estruendo –en lo más profundo el intempestivo- por el culo. Te informo además, solícito, que en cuanto suena tu preciado politono, en el cine, casi puede percibirse el hedor que de tu móvil emana a resultas de los figurados excrementos depuestos sobre él por toda persona sensata que te rodea; y de seguro que ni te lo imaginas. Por no arruinar el poco decoro que hasta aquí he podido mantener, no te detallo los niveles de escatología que alcanza el trance si en el colmo de la desconsideración decides departir con el lerdo que te solicita.
¿Qué necesitáis para proferir un simple “hola”? Sólo puedo conjeturar al respecto, una vez más (el necesario intercambio verbal que permitiera responder a esa pregunta lo tendríais que iniciar vosotros, pero ello debe de resultaros una tarea harto fatigosa): tendríamos que haber salido juntos cuatro noches seguidas de fiesta y/o echar varios polvos (uno es insuficiente) o mantener conversaciones interminables, o entablar amistad hasta el punto de realizar algún pacto de sangre a fin de jurarnos lealtad mutua y eterna... En fin, yo con gusto sería el primero en saludar, pero, ¿si es evidente que me habéis visto y al pasar a mi lado os interesáis más por contar las baldosas que por mirarme a la cara? No mendigo saludos; y sabed que, si persistís en vuestro ninguneo, resultaréis agraciados en mi interior con el premio de un viaje al país de Tomar por culo.
Semana tras otra, tenso yo de tanto porfiar, dices que acabas de recordar aquellos escasos temas que prometiste prestarme, y reiteras al tiempo tu compromiso, despojada ya de toda credibilidad (...) Exijo tal vez, de nuevo, esfuerzos que no conocen límite al creerme merecedor de una contestación, por breve que sea, a los varios correos electrónicos que te escribo (...) Qué grado de mezquindad el mío -colijo de tu mueca torcida- porque me tomo la licencia de ser ocasionalmente mordaz al replicarte; he osado pensar que ello no te molestaría al ver que tú no tienes empacho en utilizar un sarcasmo a menudo grosero.
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Temes encontrarte un final que no te gusta antes siquiera de empezar, cobarde. ¿O será lo tuyo inmoderada ambición? No te das cuenta de que las frases más sencillas, más triviales, aquellas que versan sobre los asuntos más mundanos son precisamente las que pueden proporcionar las mejores caricias, procurar las atenciones más deleitosas. Pero todo esto te resulta, de un modo u otro, ridículo, conque prefieres callar, a la postre, y ello te aboca a la ignorancia y, en consecuencia, a servirte de erráticas suposiciones, incurriendo, muy probablemente, en los prejuicios que otrora condenaste (…) Aborreces que alguien hable con el único propósito de evitar el silencio mientras acostumbras escribir sólo para rellenar espacios en blanco, una tarea tan inane como aquélla, por mucho que revistas la burbuja de capas y capas de "prosa brillante y cantarina, altisonante, relamida, pomposa, rimbombante, ampulosa, grandilocuente y enfática". Sin ir más lejos: ¡qué gran ejemplo de fastuosa y engalanada vacuidad es éste! (…) Crees que la ambición de que te acusaba veladamente es producto de la pasión por la cultura; sin embargo, ¿no deberíamos hablar de soberbia, de intentos por diferenciarte, por distanciarte de un entorno al que menosprecias desde el principio? Cuanta más erudición, más alto será el pedestal desde el que puedas mirarlo. Luego te lamentas: ese entorno dueño de tan bajas pretensiones, piensas, debería alzarse donde tú estás, mas nunca al revés. No, en realidad no debería hablar de algo tan mudable como una idea: forma ya parte de ti, pues la línea de separación que has trazado a tu alrededor ha terminado por convertirse en un foso profundo y gigantesco (…) Para olvidarte de la realidad que tan esquiva te resulta te refugias en la ficción, que, además, no requiere interactividad, respuesta, y por tanto no puede reprocharte pasividad o torpeza, nunca te abandonará; te sumerges en ella y dejas que haga todo el trabajo –exacto: es algo así como tu muñeca hinchable, una muy particular-. E incapaz como eres de exteriorizar tus emociones utilizas la música como una prótesis: pretendes que la música grite por ti, ría por ti, llore por ti… (…) Eres un triste compendio de pedazos ajenos, te escondes tras la máscara que te facilita tu memoria: ella te permite imitar gestos, risas, miradas, estilos literarios o de redacción… Has hecho de tu forma de ser un aceptable trasunto de muchas otras -que robas incluso a seres ficticios- porque repudias por vergüenza, o asco, el menor atisbo de naturaleza propia; es una suerte de náusea que cualquiera podría advertir si fuera capaz de leer tu mente cuando algo de ti se escurre por los resquicios de tu impostura. Sin embargo, la falta de experiencia con la vida no puede así disfrazarse, suplirse con ademanes postizos; cuando emerge, todos la perciben con notable evidencia –también tú, horrorizándote por supuesto-, y tu armadura deviene de papel. No reproches a nadie, por tanto, que al apocamiento responda con condescendencia (…) No crees en otros mundos, pero éste te es extraño. Simpatizas con el existencialismo pero, oh paradoja, asfixias tus impulsos y apenas das empleo a tus sentidos (…) Odias y te apesadumbra hallarte empantanado en una personalidad socialmente timorata, ineptitud que parece haber hecho aflorar en ti cierta envidia ruin hacia quien no la padece y que se acrecienta a medida que tu objeto de ojeriza goza de mayor salud emocional y una mayor riqueza caracteriza sus relaciones: te amarga que te recuerden la mierda que alfombra tu camino, y de inmediato trocarías tal sentimiento por otro completamente opuesto si aquélla se extendiera hasta embadurnar también los pies de los demás (…) Para idiota, tú.
Aviso nº 2: Tomo conciencia y me responsabilizo de la irritación que provocarán los primeros minutos del siguiente fragmento musical; me desentiendo, sin embargo, de los efectos que pueda causar la segunda canción, parte inseparable de dicho fragmento.
El más débil tendría que jugarse la vida. Era la ley de la colonia; los privilegios de una jerarquía impuesta por la fuerza. Los humanos habían dejado un nuevo alimento a su alcance y su olor lo hacía muy apetecible.
El último de la colonia, un joven macho con una malformación en una pata, se vio obligado a salir del escondite tras un viejo armario del sótano de la casa. Solo, sabiendo a qué se exponía, se acercó al cebo. Debía probarlo; no tenía alternativa -al menos la comida olía bien-. Mientras tragaba los primeros bocados, el gusto apetecible del nuevo alimento le devolvió la esperanza. Cuando volvió a la madriguera, destilaba seguridad: había salido en una peligrosa misión y había triunfado. Todos lo miraban y olfateaban, curiosos. Pero, para su sorpresa, ninguno salía a aprovechar aquella deliciosa comida ya testada. Entonces se dio cuenta: la colonia esperaba; nadie saldría a comer hasta pasadas unas horas; había que darle tiempo al veneno. Mientras su optimismo se desvanecía, sintió la primera contracción de dolor y supo que la comida estaba envenenada. Quince minutos más tarde había muerto. Y toda la colonia tenía el registro olfativo de una comida que no probarían jamás. El veneno que se había utilizado para acabar con la colonia que infestaba la casa sólo se cobraría una víctima.
Eran miles de generaciones de ratas las que les habían transmitido genéticamente una precaución hacia los alimentos que el hombre ponía a su alcance. No en vano llevaban intentando exterminarlas desde hacía, al menos, siete siglos.
Explorador de la imaginación ajena, cualquiera que sea la forma que ésta adopte. Su rendido admirador, no obstante, cuando se manifiesta en negro y discurre sobre blanco: palabras, figuras, evocación... Fascinantes.
La palabra, en suma, es mi baluarte, mi alivio, mi venerado desafío, mi amante solícita.