Tú no debías de ver nada. Yo te veo a ti y tu indecible sufrimiento.
Tú ignorabas por qué algo te atenazaba sin piedad el pecho, lo que debió de sumirte en el más profundo terror. Yo, sin embargo, mientras veo esos ojos que, aun ciegos, tanto sufrimiento y terror reflejan, no siento sino una devastadora desolación por saber positivamente que durante varios días estuvo en mi mano salvarte.
Tú, finalmente, moriste. Yo, siempre, me repongo, y sobrevivo. Pero es justo: si hay algo que merezco, es sobrevivir.
No respondo con esta muerte a la tuya, pues llego tarde otra vez: sólo me resta introducir el cadáver en su ataúd.

P.D.: Gracias a todos aquellos que, con verdadero interés, estuvieron ahí en algún momento, de una forma u otra. Y más que a ningún otro, a Perh.













