Como coja bien al caballo lo voy a dejar tirado en el suelo todo lo largo que es. Y después al tío que va encima lo apaño también como lo pille… Pero no puedo, cojo carrerilla para embestir, y esa especie de coraza que lleva el caballo amortigua demasiado mis golpes. Por añadidura, por cada embestida que doy yo, recibo un lanzazo del tipo sentado arriba. Y por si fuera poco el mareo al que me ha sometido el payaso de la capa, ahora llega este metiéndome un trozo de madera en toda la espalda, y me deja pasado, me estremece de arriba abajo, y siento como si se me empezase a empapar el lomo de cierto líquido caliente (...)
Mira, más payasos; llevan unas vestimentas extrañas, pues en nada se parecen a los atuendos de estos de alrededor. Vaya pintas. Uno sale a mi encuentro. Vamos allá, que éstos van sin la porculera capa… Nada, y además me acaba de clavar otra en todo el lomo, -una más de tantas, porque ya he perdido la cuenta-. Sin embargo, me parece sentir que estos pinchos, a diferencia de los anteriores, se me quedan enganchados en la parte de atrás. Empiezo a creer que esta gente ha recibido instrucciones para ensañarse a placer con dicha parte (…)
Joder, acabo de darme cuenta de que cada vez que me clavan algo, los observadores parecen aplaudir y vitorear con más brío; hasta se les ilumina la cara…
Ya no veo a los payasos de los pinchos emplumados. ¿Me dejarán en paz por fin? Hum, ilusas esperanzas las mías, por lo visto. Ahí se acerca de nuevo el mamarracho de la capa. Estoy exhausto, pero tengo que aguantar o me veré mal. Se ve que el chaval ha cogido práctica con el asunto, y aun arremetiendo con todas mis fuerzas contra él, esa insidiosa capa que porta me distrae una y otra vez de mi objetivo. Hale, más mareos: vuelta por aquí, griterío, vuelta por allá, más griterío. En fin, ya me he acostumbrado.
No puedo más, el cansancio es atroz, el líquido que al principio me empapaba levemente parece manar ahora a borbotones de mí, de mi propio cuerpo. Me duele todo.
Exasperante, el de la capa, ya sin ella pero con un palo metálico agarrado por lo que parece ser un mango, vuelve a acercarse, observándome cautelosamente. Se me ha puesto justo delante, con la punta del palo –parece afilado- mirando hacia mí, como retándome. No puedo resistirme a tales desafíos, así que volveré a intentar cornear al menda para que pueda experimentar lo jodido que estoy yo, puesto que él y sus compinches han tenido su oportunidad.
A correr…
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