Tal y como ocurriese con el tabaco y las religiones organizadas, la inclusión de animales en la dieta humana acabó abandonándose en todo el mundo (no comáis seres que tengan ojos; no os comáis a los vuestros).
Esta evolución fue lenta y silenciosa. Progresivamente, los cargos más poderosos de la Tierra iban siendo ocupados por vegetarianos activos y, de un modo u otro, la postura del vegetarianismo pasó de ser una alternativa a constituir un valor sagrado, compartido y defendido por todas las gentes de bien. Dicha postura, en definitiva, había dejado de ser una imposición para convertirse en algo absolutamente normalizado y aceptado. Ya desde muy jóvenes y en todas las escuelas del mundo, eran inculcadas a las personas los magnos valores de la dieta basada en los vegetales, en todas sus vastas variedades. Evidentemente y de la misma e intensa manera, la repulsa hacia la idea de ingerir seres con patas, pico, escamas, pelo, etc., estaba y debía estar a la orden del día, so penas que oscilaban entre las condenas a prisión y las lobotomías más devastadoras. Además, tal animadversión había acabado por extenderse al consumo de cualquier derivado de los animales: huevos, leche... Ni que decir tiene que la legislación al respecto era amplísima, de modo que abarcaba todas las áreas de la vida humana.
Pero los tiempos seguían avanzando, y con ellos las corrientes de pensamiento. Las conciencias se veían agitadas por ultraortodoxos de esta filosofía de vida. Para éstos ya no bastaba con que se evitase sacrificar a animales para que los humanos tuviesen alimento, así como la prohibición de sustraer producto derivado alguno para el mismo fin; sus aspiraciones eran, si cabe, más ambiciosas, pues consideraban aberrante que cualquier especie, animal o vegetal, tuviese que ver mermada su población por obra del hombre, fuese cual fuere la razón (si los animales son inocentes, ¿qué culpa podemos achacar a los vegetales?).
La paz en el mundo era por fin un hecho consumado, por lo que la opinión general vio en esta última vuelta de tuerca la culminación al proyecto de un mundo absolutamente carente de violencia. Y de la misma forma con que el vegetarianismo se extendió por el planeta, así ocurrió finalmente con esta idea de la inocuidad extrema. La muerte causada por el ser humano había pasado prácticamente a la historia, y a ésta se quiso enviar, definitivamente, la -por entonces ya considerada- abyecta costumbre de matar al amparo de la egoísta satisfacción de la especie humana.
Y así fue como la raza humana encontró su extinción, engullida por su propia conciencia.

Te pondre un ejemplo relativo a la conciencia humana...
Un hombre observa los culos de dos adolescentes de manera lujuriosa i libinidosa,que pasan delante de el,mientras este espera en el portal de su casa fumando,a que bajen su mujer y su hija de 16 años...
Fin...
Uy, uy, uyyyy... Los extremos nunca fueron buenos.