"Hay que atreverse a ser decente aunque se rían de ti". Amelia Valcárcel (filósofa feminista)
Ella aporta la forma. Sin embargo, el contenido, así como la firme convicción sobre lo acertado de éste, tendrá que compartirlos conmigo.
Echando mano de la pirámide de Maslow, la decencia podría situarse en uno de sus estadios intermedios, de tal modo que la insatisfacción en los inmediatos inferiores (los más inferiores, es decir, las necesidades más esenciales), convierta aquélla en algo inalcanzable mientras la situación no sea reparada, invalidando así todo el rollo que me dispongo a teclear. La decencia cuando no tienes qué llevarte a la boca se me antoja un lujo.
Dos factores pueden incidir sobre la aplicación de la decencia en la conducta personal:
a) El temor hacia Nuestro Señor o cualquier ente similar, o el experimentado ante la posible maledicencia de nuestro entorno, si bien es cierto que en el primero puede residir la verdadera causa de todo, reduciéndose el segundo a una simple consecuencia. Conferir decencia en estas circunstancias se convierte entonces en mera corrección política, en algo impuesto. Su mérito se diluye por completo, dado que no existe alternativa. No obstante, siempre pueden darse excepciones, aunque lamentablemente sólo el protagonista de dicha excepción podrá tener la certeza de lo voluntario de su actitud.
b) El temor al ridículo, una vez más originado éste por los eventuales comentarios desdeñosos, o bien las miradas sarcásticas. En este caso, lo que antes constituía una obligación, ahora se torna complicación. El mérito adquiere todo su sentido, al apegarse uno a la decencia aun cabiendo opciones alternativas.
Ha de señalarse que ambos factores reseñados pueden darse tanto sucesiva como simultáneamente, así como en mismos y distintos lugares: hay gente pa to. Lo idóneo sería que ambos desapareciesen, de tal modo que pueda darse una libertad decente, la cual deje paso a una decencia absolutamente libre. Mientras esto ocurre -dado que mi entorno actual está condicionado por el segundo factor, y creo en la decencia sin creer en Dios-, me gustaría seguir echándole huevos. Debería proponerme echarle más de los que siempre he puesto.

Obrar de forma correcta –ser decente, considerado con los demás, guardarles respeto...- por propia iniciativa se ha convertido en una costumbre muy escasa, y el enorme grupo de gente que la ha abandonado prefiere sustituirla por esa otra de hacer el bien sólo cuando los demás lo hagan, pretendiendo incluso que éstos procedan así antes que ellos, a modo de condición sine qua non.
Los principios se extinguen, desaparece la personalidad, pues ¿qué de ella hay en realizar las cosas por pura emulación condicionada? Véase, como muestra de ese inmenso universo, el caso de los que boicotean a los nacionalistas, que aparte de incurrir en injusticia hacia los justos, por querer dar castigo a los -en su mayoría- desconocidos pecadores (pretenden matar, en definitiva, moscas a cañonazos), se guían por un ansia de venganza hacia estos descarriados, -aun poseyendo su misma nacionalidad (tanto lo proclaman mientras se desdicen con su rechazo hacia ellos)-, porque no les preceden, como requieren, en comportamiento solidario.
Practicar la decencia constituye, en la actualidad, un auténtico acto de rebeldía. Ser un mierda es ser del montón.