No somos más que instinto, ni siquiera eso, sólo marionetas del instinto, cuya manifestación –pues a eso se limita todo él- es el amor; disfraz -dice, mientras no sentencia- del “genio de la naturaleza”, el que nos conduce irremediablemente hacia nuestro casi único objetivo: la procreación. Idea que repite machaconamente durante unas 40 páginas, de un total de 54.

Se desea, con desesperación aunque, dado lo ya avanzado, también con desesperanza, que en las escasas páginas restantes se dé un giro argumental, se ansía que aparezca algo que, al menos, desconcierte por su perspectiva novedosa del tema, y se abandone esa constante reiteración de un concepto más propio de la biología que de la filosofía, demasiado centrado en lo físico (paradójicamente, para tal título) y alejado de los sentimientos, por añadidura.

El desenlace, en los comentarios.