Caía en la cuenta, divertido, de que iba a comprobar de primera mano las verdaderas consecuencias que trae consigo el tipo de actos que se disponía a realizar, así como el lugar en que éstas se producen. De buena gana habría celebrado una porra para apostar sobre ello con todo aquél que quisiera; él se apuntaría a la opción Conversión en polvo: la nada. Estaba seguro de que la mayoría habría pedido que le anotasen en la de Infierno: el horno eterno. Él no podía concebir esa posibilidad, pues si tuviese que tener en cuenta todas las hipótesis –certezas, aseguraban sus defensores- que había oído, ya no sabría qué pensar: hacía poco escuchó que el infierno sí existía –no recuerda la forma que a éste le daban entonces-, después de ser testigo de su “abolición”, lo cual había durado algunos años; sin decir que desde siempre (siglos antes) algo se ha dicho que había. De cualquier forma, lo que más le irritaría en el caso de que no fuera el silencioso vacío lo que le esperara, piensa, sería ante todo tener que aguantar la mirada jactanciosa de Dios, desde allá arriba, espetándole sin palabras eso tan odioso de “Ya te lo dije”.

Todo esto lo había desencadenado el mero hecho de pasar de un estado de feliz inconsciencia –la dicha de los tontos, quizá la única posible-, a otro de desesperanza ante el conocimiento de una carencia casi absoluta de alicientes en su vida. Charles Darwin fue su inspiración o, según se mire, su perdición, pues al igual que éste hiciera con el fin de decidir si le merecía la pena casarse, él, espoleado por sus macabros pensamientos, confeccionó su propia lista de ventajas e inconvenientes para comprobar cuánto le mantenía asido aquí y cuánto le empujaba hacia allá: no era permanecer “casado”, precisamente, lo que se podía inferir de su lista.

La noche le parecía el mejor momento para acometer su empresa; consideraba la oscuridad y la tranquilidad que rodean al fin del día unas circunstancias más que adecuadas para aquello. Hacerlo por la mañana, al menos, le habría resultado –trataba, en parte, de ponerse en el lugar de quienes acabaran encontrándole- un poco ridículo, casi un contrasentido; una cosa tan prosaica como un sol radiante –una nimiedad comparado con su trascendental plan- le habría disuadido, seguramente, de realizar algo que había meditado durante demasiado tiempo como para abandonarlo por cuestiones estéticas. Llámenlo vanidad.

Eran, pues, las 23:25 horas del miércoles –el día importaba poco-, y tenía puesta la televisión a un volumen bastante elevado con la intención de que los vecinos no oyeran demasiado estrépito inusual; no buscaba notoriedad o llamar la atención, y mucho menos deseaba que alguien con excesivos reflejos frustrara la correcta finalización del plan, convirtiendo ésta en un estrambótico jaleo de gente gritando y corriendo. ¡Sería espantoso! Nunca le había gustado llamar la atención, le encantaba pasar desapercibido, y en esta ocasión no traicionaría su forma de ser –aunque, considerando su presumible estado una vez concluida la función, poco pudiese importarle-.

Ya tenía ante sí lo poco que necesitaba. Se encaramó a la silla, que había acercado a la pared donde se encontraba la rejilla del aire acondicionado, y a ésta ató la gruesa cuerda. No halló, pese a buscar por toda la casa, lugar más apropiado en el que utilizar la soga, como podía haber sido una viga. Las casas ya no eran lo que fueron. Mientras hacía esto, partía del televisor una música pegadiza, de esas que te hacen golpear inevitablemente los pies en el suelo, llevando el ritmo. A dicha melodía le acompañaban imágenes de similar tono desenfadado, algo naíf, que iban desfilando en una sucesión de creciente surrealismo.

Acercó el collar de cuerda a la cabeza, dispuesto a rodearse el cuello con él, pero lo que veía y escuchaba le robaba la escasa destreza que ello requería; estaba absorto en aquel programa absurdo, con los brazos en alto sujetando la cuerda; con los ojos como platos, los cuales transmitían a su cerebro escenas que lo dejaban desconcertado y al mismo tiempo intrigado.

Sin saber cómo, empezó a reírse (a su cerebro parecía gustarle aquello); levemente al principio -ya con la cuerda abandonada en el suelo pero con él todavía de pie en el asiento de la silla-, abriendo poco a poco más la boca, hasta llegar a un punto en que, en determinados momentos, sufría espasmos que le golpeaban el estómago y le hacían tambalearse sobre la silla, amenazando con hacerle perder el equilibrio; decidió bajarse de allí y seguir disfrutando del programa a ras de suelo, antes de que su cabeza pudiese tomarlo en lugar de sus pies, arriesgándose a sufrir el protagonismo que tan celosamente trataba de eludir (... ).

La cabeza le dolía partiendo desde las mandíbulas, y los ojos y las mejillas estaban arrasados en lágrimas. Revisaría su lista, o quizá la rompiese. El caso es que no sería el sol lo que le impediría llevar a efecto sus intenciones, pero debía reconocer que, en definitiva, éstas habían cambiado debido a causas también bastante triviales. O no tanto.