No obstante la veneración que os profeso, me encorajina la frustración que me ocasiona no ser capaz de conoceros en toda vuestra hondura. Cuando creía dominaros, surgís en alguna frase mostrando alguna otra faz; tan diferentes son a veces, entre sí, que me desconciertan; numerosas incluso, y tal diversidad suele además crecer con la de quienes me orientan acerca de ellas… Me hace dudar, con recurrencia, vuestra semejanza con otras, sea ésta formal o material; una simple letra puede derrocar mi seguridad, no hablemos ya si compartís cometido. Mis titubeos, en realidad, son lo único que tiene su presencia asegurada en mi relación con vosotras; debo por tanto ser humilde, pues tengo por cierto que la jactancia terminaría por revolverse contra mí, acentuando lo que ya sin ella me causa desazón. Y es que cuando pensaba que debía usaros de cierto modo, o creía recordarlo así, que era con determinado vocablo con quien mejor avenidas os veía –ya dudo-, asevera entonces alguien que debéis ir solas -¡solas!-, o bien, acompañadas por otras distintas, unas a las que nunca habría sospechado siquiera que pudierais acercaros.

No obstante los reveses con que me castigáis, no puedo menos que amaros; sin cansancio, irrefrenablemente.