Aviso nº 1: Casi todos los artículos aquí publicados responden fielmente a la pequeña descripción que figura como subtítulo de este blog –algo que el lector debe siempre tener presente-. No obstante, hago hincapié en que en el siguiente desvarío se han dramatizado arbitrariamente los hechos reales en que se basa.

Sólo os miro a los ojos –y cuán luminosa puede ser vuestra sonrisa…-, pero ¿pensáis acaso que quiero miraros las tetas?; cuando os dignáis sostener durante unos segundos la mirada –raro es eso-, en ésta no parece reflejarse repulsión (con alivio la descarto), ni suele atisbarse en ella timidez (eliminada también), más bien al contrario, cierta altivez quizá causada por el hastío que sentís ante la escrutadora rijosidad masculina; y, claro, desdeñando raudas mi mirada nunca podréis conocer mis intenciones, alejadas de ésas que, de tan frecuentes e indisimuladas, han propiciado que sea yo metido en el mismo saco… -¡vaya! En estos momentos, el artilugio de (siete) lacerantes flagelos que estoy sosteniendo más parece el mocho mojado de una vieja fregona; es obvio que he errado al fijar mi primer objetivo- (…) ¡Valientes chimpancés salidos estáis hechos, orates estúpidos! (…) Ser guapa, ¿otorga el derecho a esperar de todo varón el comienzo de un diálogo? Barruntemos: cómo te vas a rebajar hasta el punto de regalar dicho comienzo -una vale más que eso, merece todo ímprobo esfuerzo por ser entretenida, y que el otro reciba réplica de la belleza personificada puede ser estimado por sí solo un premio preciosísimo-, ni vas a arriesgarte a ser mal interpretada... Que se muera de asco quien se halle contigo antes que romper el áspero silencio con esas delicadas cuerdas vocales que, en justa y debida correspondencia a tu beldad, han sido cinceladas por los ángeles.

¿Qué tan horrendo he dicho, que de pronto mostráis indiferencia, o guardáis tenso silencio, o viráis al tomar vuestro turno hacia temas asaz divergentes al que yo he planteado? Pues nada diré; en cualquier caso, bien poco puedo interponer en esos banales coloquios con que durante largos ratos os solazáis. O bien ocurre que me correspondéis con esa melosa afabilidad que suelen dispensar los adultos a un crío, junto con esa sonrisa tan típica de quien espera en cualquier momento oír alguna ocurrencia que de puro cándida le haga desternillarse. ¡¿Os resulta pueril cuanto digo, o mi forma de hablar, de mirar, de estar, el tema sobre el que pretendo charlar, maldita sea?!

Estáis sentados todo el rato, apenas movéis los dedos durante horas, y ¿necesitáis situar el indicador de temperatura del aire acondicionado a 22 grados centígrados? Acaso sólo conseguirá disuadiros de hacerlo el que un día me internen en el hospital para allí morir sin remedio, entre violentos espasmos y esputando repugnantes espumarajos. A ver, un minuto… De acuerdo, estoy siendo tremendista; sólo esperáis el momento en que con cada espiración exhaléis una nubecilla de vaho; entonces, lo apagáis; el resto es de sentido común: no hay más que sentir la amenaza del sudor para volver a encender el aparato. Un sistema de climatización brillante a la par que sencillo. Lamento no haber recurrido antes al porro que con fruición acabo de fumarme.

¿Es ésa una expresión de estolidez, de adustez, de preventiva desconfianza? ¿O una mezcla de todas ellas? Vuestra incultura es palmaria y no parece que penséis en ello como un problema que necesite solución; quizá sufráis contratiempos sin fin, pero más bien creo que os los infligís unos a otros: comenzaron los enfrentamientos de forma aislada hace mucho tiempo y poco a poco se fueron propagando hasta sembrar esa ponzoñosa inquina entre la población; estáis todos a la defensiva, parapetados tras una infranqueable barrera de recelo; nadie peor que yo para conseguir derribarla.

¿Compites en una carrera?, ¿quieres batir tu propio récord?, ¿forzar la subida del precio de la gasolina por aumento de la demanda? No pararás sino en seco, cuando te obligue una farola, idiota (ése sería el final menos malo, pues no barajo que te replantees si obras o no con mínima cordura) (...) Te crees el puto centro del mundo, que sólo tú habitas en la Tierra, ¡en el universo! Ya te lo sugerí en otra ocasión, ahora te lo espetaré sin sutilezas: métete tu estruendo –en lo más profundo el intempestivo- por el culo. Te informo además, solícito, que en cuanto suena tu preciado politono, en el cine, casi puede percibirse el hedor que de tu móvil emana a resultas de los figurados excrementos depuestos sobre él por toda persona sensata que te rodea; y de seguro que ni te lo imaginas. Por no arruinar el poco decoro que hasta aquí he podido mantener, no te detallo los niveles de escatología que alcanza el trance si en el colmo de la desconsideración decides departir con el lerdo que te solicita.

¿Qué necesitáis para proferir un simple “hola”? Sólo puedo conjeturar al respecto, una vez más (el necesario intercambio verbal que permitiera responder a esa pregunta lo tendríais que iniciar vosotros, pero ello debe de resultaros una tarea harto fatigosa): tendríamos que haber salido juntos cuatro noches seguidas de fiesta y/o echar varios polvos (uno es insuficiente) o mantener conversaciones interminables, o entablar amistad hasta el punto de realizar algún pacto de sangre a fin de jurarnos lealtad mutua y eterna... En fin, yo con gusto sería el primero en saludar, pero, ¿si es evidente que me habéis visto y al pasar a mi lado os interesáis más por contar las baldosas que por mirarme a la cara? No mendigo saludos; y sabed que, si persistís en vuestro ninguneo, resultaréis agraciados en mi interior con el premio de un viaje al país de Tomar por culo.

Semana tras otra, tenso yo de tanto porfiar, dices que acabas de recordar aquellos escasos temas que prometiste prestarme, y reiteras al tiempo tu compromiso, despojada ya de toda credibilidad (...) Exijo tal vez, de nuevo, esfuerzos que no conocen límite al creerme merecedor de una contestación, por breve que sea, a los varios correos electrónicos que te escribo (...) Qué grado de mezquindad el mío -colijo de tu mueca torcida- porque me tomo la licencia de ser ocasionalmente mordaz al replicarte; he osado pensar que ello no te molestaría al ver que tú no tienes empacho en utilizar un sarcasmo a menudo grosero.

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Temes encontrarte un final que no te gusta antes siquiera de empezar, cobarde. ¿O será lo tuyo inmoderada ambición? No te das cuenta de que las frases más sencillas, más triviales, aquellas que versan sobre los asuntos más mundanos son precisamente las que pueden proporcionar las mejores caricias, procurar las atenciones más deleitosas. Pero todo esto te resulta, de un modo u otro, ridículo, conque prefieres callar, a la postre, y ello te aboca a la ignorancia y, en consecuencia, a servirte de erráticas suposiciones, incurriendo, muy probablemente, en los prejuicios que otrora condenaste (…) Aborreces que alguien hable con el único propósito de evitar el silencio mientras acostumbras escribir sólo para rellenar espacios en blanco, una tarea tan inane como aquélla, por mucho que revistas la burbuja de capas y capas de "prosa brillante y cantarina, altisonante, relamida, pomposa, rimbombante, ampulosa, grandilocuente y enfática". Sin ir más lejos: ¡qué gran ejemplo de fastuosa y engalanada vacuidad es éste! (…) Crees que la ambición de que te acusaba veladamente es producto de la pasión por la cultura; sin embargo, ¿no deberíamos hablar de soberbia, de intentos por diferenciarte, por distanciarte de un entorno al que menosprecias desde el principio? Cuanta más erudición, más alto será el pedestal desde el que puedas mirarlo. Luego te lamentas: ese entorno dueño de tan bajas pretensiones, piensas, debería alzarse donde tú estás, mas nunca al revés. No, en realidad no debería hablar de algo tan mudable como una idea: forma ya parte de ti, pues la línea de separación que has trazado a tu alrededor ha terminado por convertirse en un foso profundo y gigantesco (…) Para olvidarte de la realidad que tan esquiva te resulta te refugias en la ficción, que, además, no requiere interactividad, respuesta, y por tanto no puede reprocharte pasividad o torpeza, nunca te abandonará; te sumerges en ella y dejas que haga todo el trabajo –exacto: es algo así como tu muñeca hinchable, una muy particular-. E incapaz como eres de exteriorizar tus emociones utilizas la música como una prótesis: pretendes que la música grite por ti, ría por ti, llore por ti… (…) Eres un triste compendio de pedazos ajenos, te escondes tras la máscara que te facilita tu memoria: ella te permite imitar gestos, risas, miradas, estilos literarios o de redacción… Has hecho de tu forma de ser un aceptable trasunto de muchas otras -que robas incluso a seres ficticios- porque repudias por vergüenza, o asco, el menor atisbo de naturaleza propia; es una suerte de náusea que cualquiera podría advertir si fuera capaz de leer tu mente cuando algo de ti se escurre por los resquicios de tu impostura. Sin embargo, la falta de experiencia con la vida no puede así disfrazarse, suplirse con ademanes postizos; cuando emerge, todos la perciben con notable evidencia –también tú, horrorizándote por supuesto-, y tu armadura deviene de papel. No reproches a nadie, por tanto, que al apocamiento responda con condescendencia (…) No crees en otros mundos, pero éste te es extraño. Simpatizas con el existencialismo pero, oh paradoja, asfixias tus impulsos y apenas das empleo a tus sentidos (…) Odias y te apesadumbra hallarte empantanado en una personalidad socialmente timorata, ineptitud que parece haber hecho aflorar en ti cierta envidia ruin hacia quien no la padece y que se acrecienta a medida que tu objeto de ojeriza goza de mayor salud emocional y una mayor riqueza caracteriza sus relaciones: te amarga que te recuerden la mierda que alfombra tu camino, y de inmediato trocarías tal sentimiento por otro completamente opuesto si aquélla se extendiera hasta embadurnar también los pies de los demás (…) Para idiota, tú.

Aviso nº 2: Tomo conciencia y me responsabilizo de la irritación que provocarán los primeros minutos del siguiente fragmento musical; me desentiendo, sin embargo, de los efectos que pueda causar la segunda canción, parte inseparable de dicho fragmento.