Divisé el perfil del rostro de una chica desde la distancia que mediaba entre los dos extremos de una manzana, durante el medio segundo que transcurrió desde que lo tuve justo enfrente hasta que desapareció tras la esquina que momentos después habría de doblar yo; tales lejanía y fugacidad, amén del hecho de que mi miopía rebasó hace tiempo la graduación de las gafas que porto, propiciaron que mi natural prudencia sólo me permitiera aventurarme a creer, vagamente, en la remota posibilidad de que esa chica fueras tú.

Había girado ya en la citada esquina, con las escasas esperanzas también mencionadas revoloteando en la cabeza, casi olvidadas ya incluso, cuando, yendo yo sin más intención que la de curiosear acerca de cuánto podía esa persona parecerse a ti, pude ver que iba ella acompañada por un caballero que frisaba la senectud, lucía monda y brillante la cabeza, vestía elegante traje –quizá marrón- y –creo recordar- asía maletín a juego; y escuchaba. Componían ambos una pareja peculiar, todo contrastes: ella era joven, y bastante lejano se antojaba el momento en que dejaría de serlo; su melena, rubia salpicada de mechones oscuros, era frondosa y su largo pasaba la mitad de la espalda; el tiempo ha borrado de mi memoria los colores exactos de su atuendo, no así la certeza de que eran vivos y tanto o más diversos como las piezas de que aquél se componía; colgaba de un hombro y le cruzaba el torso el cinto de un sencillo bolso de tela, que se bamboleaba al compás de sus caderas en el lado contrario a aquél desde el que se inició esta breve descripción; y hablaba, con la locuacidad que evidenciaban los incesantes movimientos de su mentón, visibles cada vez que dirigiendo el rostro hacia su interlocutor me mostraba aquel perfil, y con una vehemencia que, como electricidad que le recorriera brazos y cuello, se manifestaba en briosos ademanes. Sin duda alguna, eras tú.

Mentiría si dijese que, una vez hube hecho tal descubrimiento, apreté el paso: ¿trastornaría vuestra conversación -según parecía no era poco importante- que cualquier tercero la interrumpiera? Al margen de este barrunto, me retuvo saber que resultaría difícil alcanzaros, dado el presuroso ritmo que manteníais, así como el hecho, previsible también debido a tal celeridad, de que no tardaríais en rebasar el no muy lejano punto desde el cual partía un paso de peatones, que, previa aquiescencia del correspondiente semáforo, me permitiría atravesar la avenida por cuyo margen en ese instante transitábamos los tres: debía en tal opuesta orilla cumplir con cierta obligación, cuyo inminente comienzo hube de añadir, como inconveniente capital, a la lista de motivos que irían a condenar al abandono la alternativa de seguiros. A la postre, no pude más que observar cómo os alejabais dejando atrás mi lugar de trabajo –aún por entonces, por cierto, desconocías que por frecuentarlo me pagaran-, sin que apenas notara yo variaciones en el cuadro que antes describí –por lo cual no pude evitar sonreírme-, mientras esperaba a recibir el luminoso permiso para reanudar la marcha. De esta forma, después de haber sido por unos minutos el mismo, nuestros caminos recobraron entre sí la perpendicularidad –aunque alambicada, interesante metáfora-.

Alguien quizá juzgue todas las razones aducidas un tanto vagas, o las tache de pretextos. Tal vez no se trate, en definitiva, sino de uno de los muchos casos prácticos que demuestran la gran verdad que se encierra en cierta teoría -exponerla dará también protagonismo a quien he visto usarla con frecuencia, pues, al igual que tú en las palabras anteriores, ella se reconocerá en éstas-: lo Urgente suele no dejar tiempo a lo Importante. Pequeña Saltamontes: La pertinacia con que algunos nos resistimos a alterar siquiera en parte nuestros planes, nuestra rutina, nuestras costumbres, ronda en ocasiones los dominios del absurdo, y aun en otras los invade bien de lleno.

Por orden de aparición:
Y.
?
A.
M.D.
Juan Francisco Casas

En cualquier caso, insisto: un galgo gañendo habría sufrido para daros alcance.