Viendo que su habitación estaba todavía por arreglar, ambos convinieron en otorgar al servicio algo más de tiempo emprendiendo un pequeño paseo por los alrededores del hotel. Caminaban despacio, pues no hacía ni cinco minutos que habían terminado de comer, y así, por la sinuosa carretera, descendieron hasta el pie de la presa. Una vez llegados allí, decidieron comenzar la ruta número tres, la única que les quedaba por realizar, llamada ‘de la piscifactoría’.

Iba ella pertrechada de un bolso mediano de tela que contenía, entre otras cosas, una cámara de fotos y un paraguas. Él no veía necesario este último objeto, pues, aunque había cesado hacía poco de llover, el cielo se mostraba extenso sobre ellos, compitiendo reñidamente el brillo de su azul con el amarillo fulgor del sol, que prácticamente se elevaba sobre la vertical. Las nubes los rodeaban como si formaran una especie de inmenso hula-hop flotante, enmarcando aquella majestad azulada, y se hallaban bastante lejanas como para pensar que, durante las próximas horas, alguna pudiera llegar a situarse sobre sus cabezas. Antojándosele inofensivo su periplo y seguro de que éste sería breve, las gafas de sol graduadas le parecieron suficiente equipaje.

Al margen derecho se elevaban los caprichosos relieves de una montaña; al izquierdo se intercalaban en la planicie, bello escaparate de variada flora, pequeños bosques cuyos árboles, de tupidas copas, se disponían perfectamente alineados muy juntos entre sí; todo ello era separado del camino por el estrecho cauce de una acequia. Habían andado un buen trecho desde la última parcela arbolada cuando, por el mismo margen, vieron algo cuyas connotaciones irónicas produjeron en ambos cierta hilaridad: una pequeña y destartalada casa que solo conservaba las cuatro paredes, que antaño sustentaran el tejado del cual ahora carecía, y que tenía escrito en una de esas paredes un graffiti que rezaba:

SE SIRVEN BEBIDAS FRÍAS

El recorrido fue al cabo a juntarse con la vera de un río y de ésta tardaría en separarse, pues paralelamente serpenteaban casi en todo momento; bien podía decirse que componían dos caminos: uno hecho de tierra y gravilla, de agua el otro. La aridez y monotonía del primero contrastaban con el verdor y la agitación del segundo. Las aguas colmaban su cauce, en cuyos márgenes brotaba la vida, ahíta de nutrientes, desatada; sin mesura se sucedían arbustos, árboles, flores, insectos, y así mismo se adivinaba, por los ruidos que en ocasiones podían percibirse, la presencia de otros seres ocultos al socaire de tan vasto vergel.

Los caminantes, confiados a causa de las muchas horas de que disponían, no dudaban en interrumpir el ritmo moroso que habían decidido adoptar para contemplar los preciosos cuadros con que aquel rincón de la naturaleza les obsequiaba, los cuales inmortalizaban con la cámara, o bien para admirar el elegante vuelo de alguna garza, que, mientras graznaba, esquivaba con agilidad el objetivo fotográfico.

Habían pasado ya unas dos horas y lo que se suponía era el destino de la ruta, la piscifactoría, seguía sin aparecer. Además, las nubes que tan lejanas parecían al principio estaban ya bastante cerca, y oscurecían en algunos momentos el ambiente cuando tapaban el sol; algunos nubarrones oscuros coronaban la cima de una montaña próxima. Ante estas circunstancias, a todas luces menos favorables que cuando comenzaron la caminata, aceleraron un poco la marcha.

La atención empezó a depositarse en el camino y prácticamente le fue retirada a los alrededores; no obstante, lograron apercibirse de que por fin iban a dejar atrás la piscifactoría. Debido a las continuas curvas que iba dando el trazado de la ruta, confiaban en que ésta hubiera sido concebida para llegar hasta la piscifactoría y, desde ahí, seguir la marcha hacia delante hasta volver al punto de partida. Por añadidura, las marcas que cada tanto señalaban cuál era la dirección correcta no contradecían sus suposiciones, puesto que seguían apareciendo.

El terreno que ahora pisaban era más empinado, y su superficie menos regular, salpicada de piedras grandes y a veces quebrada por profundas hendiduras. Subían y subían, y el río ya no los acompañaba durante el trayecto; muy de vez en cuando surgía discurriendo varios metros más abajo. Llegaron, tras este largo ascenso, a lo que parecía ser el punto más alto del recorrido. Las nubes y algunos nubarrones cubrían por entero el cielo; amenazaba lluvia claramente. La superficie del terreno, de pronto, apenas permitía distinguir si lo que pisaban era un camino antes transitado o la simple continuación del suelo, pues sólo sutiles rodadas sobre la tierra removida indicaban el paso de algún vehículo. Como agorero presagio del inminente devenir de los acontecimientos, se unieron al ya oscurecido ambiente y el leve viento que soplaba las primeras gotas de lluvia. El joven lamentó su doble error: ¡cuánto le estorbaban las gafas de sol, y qué bien le vendría ahora el paraguas!

Las marcas a las que en todo momento habían prestado atención no aparecían por ningún lado: ni en troncos de árbol ni en rocas. Atravesando la orilla de un campo de cultivo, surcada por aquellas vagas rodadas, pasaron al lado de una pequeña roulotte. A escasos metros del campo se encontraron con que las rápidas aguas del río ponían fin al camino: debían dar media vuelta. Alcanzada de nuevo la zona en que el camino era más definido, advirtieron que existía una dirección alternativa. De acuerdo con una nueva señal, que encontraron tras haber recorrido algunos metros, aquélla era la correcta.

Siempre siguiendo los puntos marcados por las señales, ora subiendo, ora bajando, la pareja recorría un tramo de terreno cada vez más escabroso que, finalmente, dio a parar a la propia ladera de una montaña. Las señales iban ahora apareciendo en troncos de árboles -rara vez lo hacían en algún saliente rocoso-, los cuales desafiaban bien erguidos la pronunciada inclinación. Aquella mole de tierra y rocas resguardaba a la pareja del viento, no así de la lluvia pertinaz, y además acentuaba la cada vez más opresiva penumbra, pues la escasa luz del sol que las densas nubes dejaban escapar apenas alcanzaba aquel recóndito lugar. Por largos minutos continuaron atravesando este abrupto camino, apartando a su paso ramas y matorrales que en ocasiones les arañaban la piel, vulnerable en los varios sitios donde nada la cubría; bien ocurría ello por ceder a lo ineluctable o enmarañado del follaje, bien porque todo esfuerzo y atención, más allá del próximo pedazo de terreno que habían de pisar a cada paso, eran concentrados en la búsqueda de alguna nueva señal.

Aun con dificultad, seguían encontrando marcas, pero éstas indicaban un recorrido que parecía no tener fin; acaso cabía esperar que éste se hallase tras rodear toda la ladera de la montaña. Se vislumbraba, pues, un trayecto que, más por estar plagado de obstáculos que por su longitud, podría llevarles más de una hora recorrer. Debían decidir entre seguir, y así averiguar si era el hotel lo que los esperaba al otro lado de la montaña, o retroceder de nuevo para deshacer un camino que les había supuesto andar durante unas tres horas. La primera opción era todo incertidumbre; escogiendo la segunda, asimismo, corrían el riesgo de que la noche los alcanzara, condenándolos a resguardarse de aquella inmisericorde lluvia donde pudieran, hasta que despuntara el alba. La seguridad de saber que ya conocían el camino, por muy largo que fuera, les hizo decantarse por abandonar aquel escarpado lugar. Y debían hacerlo cuanto antes. La esperanza de retornar al confortable punto de partida, no obstante la creciente oscuridad, el viento y la lluvia, resultaba para los protagonistas un inestimable acicate para retomar con bríos renovados el camino que los había llevado hasta allí.

A él poco cuerpo le quedaba que no hubiera sido alcanzado por el agua, y hacía tiempo que se había visto obligado a secar las lentes de las gafas, con escaso éxito; sin embargo, serían necesarios problemas mucho más graves para arredrarle y hacerle cejar en su incipiente empeño. El cuerpo de ella, si bien algo más seco gracias al paraguas, no había podido escapar por entero de la intensa lluvia, muestra de lo cual era el tejido que cubría sus pantorrillas y el comienzo de los muslos, más oscurecido que el resto; por lo demás, y aun cargada con el bolso de tela, era tal su determinación que sólo habría encontrado reto digno en la escalada de la más alta montaña. Emprendieron el descenso de la ladera, que no les llevó más de cinco minutos; en cuanto hubieron enfilado el sendero, adoptaron automáticamente y a la par un ritmo animoso.

Tomarían como referencia los puntos más diferenciados del camino para, en cierto modo, procurarse tranquilidad, pero, sobretodo, para que sus ánimos recibieran el apremio oportuno. El primero se hallaba en la piscifactoría, de la cual se habían distanciado considerablemente. Mientras caminaban rumbo hacia allí, en alguno de los pocos instantes en que desviaban la vista del suelo, observaban las marcas que habían ido siguiendo: se percataron de que una única franja horizontal de color rojo se situaba justo debajo de la otra, blanca y, al igual que en esta indicación, presente en todas y cada una de las demás a fin de añadirles visibilidad. Tras muchos minutos, pasaron al lado de la piscifactoría y la dejaron rápidamente atrás; restaban horas para llegar a su destino, si bien estimaban que, dada la velocidad a la que andaban y que ni en sueños se les ocurriría detenerse o aun reducir la marcha para hacer fotos, podrían tardar la mitad del tiempo que emplearon durante la ida. En una de aquellas miradas furtivas comprobaron, al ver otra marca, cuán fundadas eran sus sospechas: bajo la franja blanca ya no se hallaba la roja, sino otra amarilla.

El camino volvió a discurrir paralelo al río, mero rumor en sus cabezas junto al fantasma que, como impávida argamasa de piedras, hierbajos, ramas y árboles se deslizaba fugaz por su izquierda. Aparte sólo oían sus propios pasos, rápidos y acompasados, y ocasionalmente el graznido de alguna indiferente garza. La joven concentraba su firme determinación en el horizonte, sin hablar apenas; él intentaba quitar hierro a la situación mediante algún que otro chascarrillo, y se le oía incluso silbar, entrecortadamente, una canción de Coldplay. Preguntó a la chica cuál era el próximo punto de referencia:

-La caseta esa de ‘bebidas frías’, y aún quedará mucho camino por andar desde allí.

-¡Una cervecica, camarero! –replicó el joven con los restos de júbilo que conservaba; ella a su vez respondió con una leve sonrisa.

El joven había dudado en alguna ocasión entre quitarse o dejarse las gafas, cuyas lentes estaban ya empapadas y le restaban por ello aún más visibilidad. Hasta el momento, no obstante, se había decantado por la oscura nitidez que a duras penas le proporcionaban, en detrimento de una claridad que, dada su miopía, se vería sobrepujada por el inconveniente de una visión harto borrosa. Hasta el momento: la noche se anunciaba ya con más bien poco disimulo, pero él con las gafas estaba recibiendo una visita anticipada, de modo que finalmente hubo de ceder y llevarlas en la mano. Se propuso entonces limitar su campo de visión al pequeño semicírculo en que cabían la chica, el metro que los separaba y los difusos márgenes del camino. Se tornó ella ayuda imprescindible, a partir de ese momento, para no acabar precipitándose por alguna de las orillas del camino y para sortear piedras y charcos, algunos de los cuales habían devenido ya bastante caudalosos. La camiseta que vestía, de súbito, parecía más hecha de agua que de algodón y se le adhirió pesadamente al torso; el frío que esto le hacía sentir superaba al calor que producía su cuerpo, en especial sobre el pecho, y hubo de seguir el camino con la pechera de la camiseta agarrada con la mano libre para separarla de la piel.

El río había dejado de oírse hacía bastante tiempo, lo cual hizo pensar a la pareja –a decir verdad, más con ciega esperanza que con lógica-, que tal vez pronto verían el primero de aquellos bosques erizados de árboles apiñados, y, por tanto, que el fin del pequeño viaje no se hallaba muy lejos. Retiraron por unos instantes la vista del camino, buscando tan grata señal, cuando la joven vislumbró a lo lejos -tanto como permitían las circunstancias- lo que parecía ser un achaparrado rectángulo amarronado:

-¡Ahí delante está la casa del graffiti!

-¡¿Qué?! –exclamó con desesperación el joven- ¡¡Madre mía, estamos lejísimos aún!!

Como si más que de palabras se hubiera tratado del terrible rugido de una bestia -ignota pero presumiblemente enorme- que a punto estuviera de alcanzarlos, echaron a correr. No duró mucho la carrera, pero el ritmo de la marcha se vio redoblado respecto al que habían llevado hasta entonces; había firmes motivos para quemar toda brizna de energía de que dispusieran: la lluvia no amainaba ni por un segundo y los objetos de alrededor casi se habían convertido en sombras. Las ganas de broma se esfumaron en él completamente.

Transcurrieron varios minutos hasta que, en efecto, pasaron al lado del primer bosquecillo. Antes de llegar al hotel tenían aún que llegar al pie de la presa, y para eso, en cualquier caso, debían cubrir cientos de metros. Él seguía confiando en la aguda vista de la chica y apenas se desviaba de la invisible estela que ella dejaba tras de sí; no obstante, podía oírse de vez en cuando el chapoteo de sus pies en los charcos, de lo cual no parecía ya librarse ni tan siquiera ella, pues la visibilidad era prácticamente nula:

-Los ojos humanos pueden acostumbrarse a la falta de luz, pero no a su completa ausencia. Esperemos no tener que desear haber nacido gatos –advirtió la joven.

Por primera vez desde que comenzara a llover, el camino les recompensó con un motivo para sentir algo de alivio: al lado derecho comenzó a titilar un punto de luz, inequívoca señal de que la presa estaba cerca. A este punto, progresivamente, fueron sumándose algunos más. El conjunto luminiscente alumbraba el tramo de camino hasta el pie de la presa, el cual enfilaron justo en el momento en que la noche se cerraba. El reflejo de las luces sobre el suelo y los charcos que lo tachonaban les permitía continuar; penosamente pero sin detenerse. Se hallaban ya ante el pie de la presa, lugar en que una encrucijada conducía, a su derecha, hacia el comienzo de otra ruta, y a su izquierda, hacia la carretera serpenteante que llegaba hasta el ansiado cobijo. Con pies más titubeantes por momentos, emprendieron el ascenso de ésta precedidos por sus sombras, que se proyectaban sobre el brillante asfalto. Tras haber tomado las dos primeras curvas, vieron que el resto del camino se adentraba en una “completa ausencia de luz”, de modo que la chica propuso continuar por unos escalones de muy irregular disposición, situados directamente en el trozo de ladera que restaba por subir. No hallándose en ventajosa posición para discutir las decisiones de su compañera –lo que, aun así, no le impidió refunfuñar durante un instante-, el joven la siguió como buenamente pudo.

Arribaron por fin al complejo del hotel, suficientemente iluminado. Recurriendo a un último impulso caminaron a buen ritmo a través de un pequeño tramo de carretera y recorrieron, ya con visible esfuerzo, la última sucesión de escalones hasta su habitación.

La joven, si bien empapada, dolorida y fatigada a causa de la ardua caminata, en ocasiones mejor llamada escalada, no se mostraba en absoluto dispuesta a rendirse, por mucho que siguiera lloviendo, y desperdiciar la cena que ambos tenían pagada. Él, sin embargo, de no ser por esta contagiosa vivacidad, con gusto habría tomado al asalto la cama y esperado allí el principio del día, si no su mitad: al agua que lo cubría por completo, el dolor y la lasitud se sumaban unos escalofríos causados muy probablemente por fiebre; ésta, al parecer, no hizo aparición sino hasta el momento en que acometían el ascenso de la última escalera –y él bien que agradecía la demora-.

Mientras ella, solícita, se ocupaba tendiendo allí donde podía las ropas de ambos, él, siempre con pesada parsimonia y rostro contraído, cogió de encima de la mesa el mapa facilitado por el hotel –que, pensó al verlo allí seco, tibio, tan tranquilo, mejor habría hecho su personal tatuándoselo a los dos-, y, en cuanto sus ojos hubieron localizado la ruta que acababan de realizar, no pudo por menos de quedar boquiabierto:

Ruta 3; distancia: 8000 m